Hacer el ridículo
Durante mi ya lejana época de colegial fui forzado a memorizar "los mandamientos de la ley de Dios".
Al concluir el penoso aprendizaje, resultaba que todos ellos se resumían en dos; la frustración me invadió. Una sensación si-
milar he tenido al terminar de leer el articulo Las ventajas de hacer el ridículo; las 85 líneas de que consta se compendian en dos únicas alternativas: Rosa Montero ha pasado una larga temporada fuera de este país o hace tiempo que la excelente escritora ha
optado por no ver la televisión.
Admirada Rosa: elige uno de los innumerables programas de cualquier cadena de televisión, pública o privada, y accederás a un permanente estado de ridiculez.
Contempla sólo durante unos instantes la transmisión de un partido de fútbol o de una corrida de toros, y el realizador inundará tu
retina de individuos ridículamente ataviados.
En cuanto a los políticos, ¿qué decir? Únicamente que no precisan cobijarse dentro de ropajes más o menos chabacanos. Les basta chapurrear con acento tejano o poner los pies sobre la mesa para quedar ridículamente inmortalizados.